El reciente aumento de casos activos de Covid-19 hizo que las medidas restrictivas salgan al escenario para intentar calmar el pogo viral. Otra vez, y como siempre, las actividades culturales son las primeras en sufrir prohibiciones con evidente facilidad.

 

 

Gonzalo Cabri

@gonzacabri

 

Con las medidas sanitarias tomadas tanto por el gobierno nacional como el provincial ante el reciente aumento de casos de Covid-19 ya son muchas las restricciones que se dieron a conocer. La segunda ola llegó, pegando mucho más fuerte que su primera versión, y requiere de respuestas urgentes para frenar la curva de contagios. En Olavarría, el pasado lunes 5 de abril, es decir, antes de los anuncios de Nación y Provincia, el intendente Ezequiel Galli anunció una batería de medidas con el objetivo de controlar la situación epidémica de la ciudad que viene siendo de las más perjudicadas. Entre esas medidas se encontraba la prohibición de eventos culturales, abarcando no sólo espectáculos sino, también, talleres y ferias, mientras que otros rubros, mucho más comprometidos en cuanto al (in)cumplimiento de protocolos, recibieron apenas una reducción horaria de sus actividades. Esta desigualdad de criterio, sumada a la incertidumbre y la bronca, generó en los trabajadores y las trabajadoras culturales una sensación de desamparo por parte del Estado que, nuevamente, queda en evidencia. Casi podríamos decir que la máxima es “ante cualquier problema, recortar en cultura”.

Para hablar claro y que nos entendamos de entrada convengamos en que las restricciones aplicadas fueron sólo una máscara de distracción. La única razón lógica por la que se llegaría a la decisión de cortar con la actividad cultural es porque es fácil de tomar. Quedó más que demostrado. Si no es tan claro de ver, analicemos cómo se desarrollaron los eventos culturales desde su reapertura (más o menos en el mes de febrero) hasta el momento. Las actividades culturales fueron el último rubro en activarse por la pandemia. Mientras bares y boliches desbordaban de gente, sin siquiera cumplir a rajatabla con los protocolos vigentes, los escenarios todavía esperaban respuestas estatales, aun cuando se presentaban sólidas planificaciones para el retorno de la actividad. Recién en el mes de febrero las presentaciones artísticas lograron carácter presencial y la rueda comenzó a girar, de manera lenta y limitad(ísim)a, pero la cosa empezaba a cobrar vida nuevamente.

Lo llamativo del retorno a los eventos culturales con presencialidad era la prácticamente monopolización del Estado. Los shows artísticos quedaban casi obligados a realizarse en el Centro Cultural Municipal, donde se realizaría una serie de presentaciones con horario y capacidad limitada. Así, dos o tres días a la semana, en una franja horaria que iba de las 19 a las 22 hs, el arte local contaba con un espacio donde desarrollarse. Con el temor de no saber con seguridad hasta cuándo se iba a mantener en funcionamiento, las fechas de febrero a abril se colmaron de propuestas musicales, teatrales y literarias. De esta manera, comenzaron las presentaciones en vivo bajo coordinación de la Subsecretaría de Cultura.

Desde el principio todo funcionó como debía. Los horarios se respetaban al igual que los protocolos. El público presente, limitado a un total de 50 personas, dejaba registro de sus datos personales en la entrada del Centro Cultural, se le tomaba temperatura, se le aplicaba alcohol en manos y se les asignaba un asiento que no dejarían hasta finalizada la presentación, momento aprovechado para contribuir con la “gorra”. Incluso los baños se encontraban clausurados para evitar cualquier contacto estrecho. A medida que las presentaciones fueron pasando sin rastro alguno de complicaciones el juego se fue abriendo hasta permitir eventos en espacios culturales independientes, donde también se dictaban talleres de música, teatro, circo, literatura, etc. Esto fue un cierto alivio para muchas personas e instituciones que dependen del ingreso económico que obtienen del trabajo cultural. Y digo “cierto alivio” porque las actividades seguían siendo con límite de personas y la inversión para cumplir con las medidas sanitarias correspondientes significó un gasto que no siempre pudo ser amortizado. De todas maneras, el objetivo se había cumplido. Sea como sea la cultura volvió a su hábitat natural y la gente acompañaba con respeto y cuidado.

Mientras el arte comenzaba a dar sus primeros pasos post pandemia en paralelo se presentaban otros fenómenos sociales. Los bares y boliches, con permiso de funcionar hasta las 5 am, explotaban de gente y el cumplimiento de protocolos quedó para el recuerdo. Muchas personas ingresaban sin barbijo, algo que se “compensaba” con rocío de alcohol en las manos por parte de los recepcionistas; ni hablar de distancia social, con mesas que llegaban a superar las 10 personas en muchos casos. Los espacios abiertos, como parques y plazas, se colmaban de familias y círculos de amistades quienes compartían el mate, se daban abrazos y se regalaban algún que otro beso. Incluso las reuniones sociales en espacios cerrados se multiplicaban en número y se pasaban del límite de personas permitido. A esto se le sumaban fiestas clandestinas cada fin de semana, de las cuales todos tenían conocimiento y nadie hacía nada con el fin de desactivarlas. El diario del lunes ofrecía títulos como “Se desactivó una reunión social de 50 personas” con la foto de la patrulla y tres o cuatro policías haciendo la actuación correspondiente. La relajación fue tal que los cuidados empezaron a diluirse a medida que las placas informativas mostraban pocos casos de contagio e incluso en baja. El verano se convirtió en una ilusión de que lo peor había pasado y, con el plan de vacunación ya en práctica, era imposible volver para atrás. Pero la realidad tuvo otros planes.

Con el gran aumento de contagios de las últimas semanas, y fundamentalmente de los últimos días, la preocupación crecía en proporción con los nuevos casos. Y no es para menos, ya que en menos de un mes los casos activos llegaban a mil y la saturación hospitalaria estaba a la vuelta de la esquina. La segunda ola llegó con tal vehemencia que el pasado lunes 5 de abril el intendente Ezequiel Galli anunciaba las medidas a seguir para frenar la curva de contagios. Las restricciones se repartieron para todos los rubros, pero la cultura fue la que más sufrió al ser declaradas prohibidas todas las actividades artísticas. ¿Por qué tomar una decisión tan drástica con la cultura siendo la materia que más respetaba los cuidados y que menos gente concentraba? Sumemos a todo esto el dato no menor que comentaba anteriormente: el propio Estado municipal fue el principal encargado de llevar adelante estos eventos. Por ende, es asumir que el error lo tuvo el municipio al no poder garantizar la salud de las personas en los shows. Y si esto fue así, ¿por qué aplicar esta medida cuando todo está ardiendo? Si la mayoría de los contagios se hubiesen generado en estos encuentros, la actividad cultural se hubiera cerrado mucho antes para evitar un mal mayor. Los trabajadores y trabajadoras culturales saben muy bien que esto es así, por ello fueron los primeros en cumplir y hacer cumplir con protocolos y cuidados. Una actividad que se reactivaba hacía apenas dos meses no puede darse el lujo de andar haciendo lo que se le dé la gana. Por otro lado, los bares que venían haciendo lo que se le daba la gana hacía rato sólo sufrieron un recorte horario. ¿Cuál es el criterio? Al lugar al que asisten dos mil personas por fin de semana le permiten seguir atendiendo gente mientras que a los eventos que juntaron 500 a lo largo de dos meses los cortan. Algo difícil de entender y de explicar.

Son dos las grandes hipótesis que se manejan en el mundo artístico. Y hasta podríamos decir que una lleva a la otra. La primera razón de por qué la cultura es más fácil de restringir tiene que ver con la (des)valorización que la sociedad olavarriense hace del arte. Parece haber una idea general de que el arte es algo que la gente hace en sus ratos libres para divertirse. Una banda tocando en un bar, gente pintando un graffiti, actores ensayando en un espacio independiente serían personas que están jugando, cuando no molestando. La verdad es que muchas personas viven de la cultura y muchas familias dependen de ello. Al igual que los bares, que los locales de ropa, que las grandes fábricas, el arte es una fuente de trabajo y restringirla totalmente significa dejar sin ingresos económicos a un amplio colectivo de trabajadores y trabajadoras. La batalla entonces es hacer entender a toda la sociedad que la cultura abarca mucho más que pasarla bien arriba de un escenario. Que detrás de una exposición hay horas y horas de laburo, de poner esfuerzo en vistas de generar un producto de calidad. Pero hasta que no terminemos de hacer entender esto para la gran mayoría, y sobretodo para quienes nos representan y gobiernan, las expresiones culturales son algo de lo que se puede prescindir. Este pobre apoyo de la gente hacia la cultura lleva a la segunda hipótesis: la no rentabilidad de los eventos artísticos.

El razonamiento sería que como los eventos culturales locales no convocan gran cantidad de público no generan grandes ganancias. Como no generan grandes ganancias, prohibir estos eventos no significa una notable pérdida económica. Es más, sería un ahorro para el municipio que no se realicen. Y tampoco sería una pérdida económica para personas, familias y espacios independientes. Nada más alejado de la realidad. ¿Nuestro propio Municipio desconoce la cantidad de gente que vive de los ingresos generados por las propuestas culturales? El desamparo es doble: del Estado y de la sociedad.

Es cierto que la pandemia aún no terminó y que, de seguir así, serán necesarias muchas más restricciones para frenar la locura. Pero no permitamos incoherencias a la hora de tomar decisiones. Los trabajadores de la cultura, al igual que el resto de los rubros, quieren trabajar y fueron los más responsables a la hora de cumplir con los protocolos de cuidado. ¿Por qué negarles el derecho a los responsables y permitirles a los incumplidores? Restringir la cultura sólo fue una distracción para hacerle pensar a la gente que estaban haciendo algo por frenar los contagios. Pero el foco está en otro lado y ellos saben muy bien. Todos lo sabemos muy bien. Y todos sabemos muy bien que, si hay que prohibir para cuidar, que se haga, pero con fundamentos sólidos y propuestas concretas. Esta vez no es el caso y la cultura vuelve a pagar los platos rotos por el poco, y casi nulo, apoyo y reconocimiento. Si quieren jugar, que jueguen con otras cosas. ¡Con la cultura no!

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