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¡Ojo con juzgar antes de tiempo!

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En la música, a veces, la primera impresión puede que no sea la mejor. Este raro síndrome puede hacer que se subestimen grandes artistas por el sólo hecho de tener un sonido que no es de nuestra preferencia. Dos casos concretos para reflexionar.

 

@gonzacabri

 

 

 

En mi adolescencia he tenido que aguantar muchos comentarios acerca de la música que me gustaba escuchar. Era una época rara en la que si salías del molde del rock nacional (que ni siquiera se consideraba a todo el rock nacional) automáticamente se te etiquetaba de careta, vendepatria, etc.

Eran tiempos en donde el rock nacional quedaba limitado a bandas de rock barrial, de rock chabón. La cultura del aguante estaba en su máximo esplendor y sus adeptos eran seres totalmente herméticos en cuanto a otros géneros musicales, a los que subestimaban casi hasta el límite. Entonces decir que te gustaba escuchar Soda Stereo podía ser tema de controversias absurdas porque “eso no es rock, es pop”. Un comentario recurrente del cual se desprenden algunos interrogantes. ¿Qué es el rock? ¿Por qué se encasillaría a una banda como Soda en un solo género musical? Y en todo caso ¿qué tiene de malo que sea pop? ¿Deja de ser música? ¿Deja de ser apto para su escucha? Lo que sí es cierto es que escuchar cierto tipo de música te dejaba fuera de una “minoría” que tenía su propia cultura y sus estrictos requisitos de inclusión.

Muchos eran los artistas que quedaban excluidos y, sobre todo, subestimados por su música. Se mencionaba a Soda Stereo por ser el paradigma más claro de esta división. “Soda vs Redondos” nunca fue una rivalidad de dos bandas, sino un enfrentamiento de paradigmas. Extendiendo la noción a otras bandas “Soda” terminaba por representar a Virus, Miranda, Airbag, a quienes se les asignaba el título de “música comercial”. “Redondos” era el escudo de bandas como Viejas Locas, La 25, Callejeros, etc.

Hoy el paradigma parece haber cambiado y la tolerancia hacia otras propuestas sonoras creció bastante. Tal vez haga falta un poco más de trabajo para que esa tolerancia sea total, pero hoy permite disfrutar de otros sonidos, incluso de aquellas bandas que antes eran consideradas “inferiores”.

Veamos, entonces, dos casos concretos de artistas con un gran talento pero que sufrieron la exclusión por el concepto que representaban. El primero, un caso nacional de una banda que, si bien le costó encontrar su lugar, hoy goza de una identidad indiscutible por el sonido logrado. El segundo, sorpresa total, un artista internacional que demostró saber adaptarse a otros sonidos con facilidad. ¡Vamos con esa!

Airbag, simpleza y solidez

A la banda de los hermanos Sardelli se le ha pegado desde todos lados en sus primeros años. Las razones, muy variadas, iban desde la simpleza de sus letras de amor hasta la frecuencia con la que sonaban en las radios y sus videos eran pasados en televisión.

Para tratarse de una agrupación de niños (el único que superaba las dos décadas era Gastón) lo hacían bastante bien. Su primer disco, “Airbag” (2004), contiene hitazos memorables para la mayoría que haya transcurrido su infancia o adolescencia a mediados de los 2000. Con un sonido muy del palo rock internacional llegaron con algo fácil de escuchar. La simpleza es un rasgo que los acompaña hasta el día de hoy, aunque con mucha más solidez.

Con su segundo disco, “Blanco y negro” (2006), mostraron una leve madurez sonora respecto a su primera producción, pero no lograban romper con el estereotipo de “banda para quinceañeras”. Canciones como “All Night Long”, “Amor de verano”, “Y tu” eran las preferidas para la radio y la televisión. Tranquilamente se podría tratar de una extensión de “Airbag”, si no fuera por una producción más sólida y profesional.

“Una hora a Tokyo” (2008) significó toda una apuesta estética. Recién en esta tercera producción, titulada en honor al muy conocido discurso del fallecido expresidente Carlos Saúl Menem, se podría decir que los Airbag cambiaron el rumbo del barco, algo posible gracias a la ruptura con la discográfica. Sonoramente el disco es un cambio radical y líricamente una madurez notable. El precio a pagar por esto es la falta de identidad. No es difícil percibir que para este disco Gastón, Guido y fundamentalmente Patricio se inyectaron una buena dosis de Guns and Roses. Varias de las canciones que componen “Una hora a Tokyo” son fácilmente asociables a alguna canción de la banda de las pistolas y las rosas. Y por si faltaba un indicio más determinante de esta influencia solo basta con ver el look “slashero” de Pato. Los pelos largos tapándole el rostro y su Les Paul, un intento de réplica de la Goldtop de Slash. ¡Ah! Como último dato interesante, y que fue un quiebre en la banda, es que Guido abandona la batería para tomar las riendas de la guitarra rítmica.

Desde “Una hora a Tokyo” todo se empezó a enderezar hacia un camino que Airbag supo afirmar con sus últimos tres discos. “Vorágine” (2011), “Libertad” (2013) y “Mentira la verdad” (2016), si bien presentan pequeñas diferencias de composición y de sonido, se puede decir que es la síntesis de la banda después de haber probado de todo un poco. Lo que siempre se mantuvo fue la simpleza y la solidez de sus canciones. Hoy en día gozan de un sonido propio y lo saben explotar a fondo. La certeza de Gastón en el bajo, el acompañamiento crucial de Guido en guitarras rítmicas y la contundencia de Patricio en guitarra líder convierten a Airbag en una banda muy digna de escuchar, distinto a lo que se creía en sus inicios.

 

Nick Jonas: ¿quién dice que Disney no sabe rockear?

 

En general, los tres hermanos Jonas han demostrado ser capaces de romper con el pop/rock que nos vendía Disney. Pero Nick, el menor de los tres, ha sido el primero en mostrarse con otro sonido, muy lejano de lo que nos tenía acostumbrados. Y no hablamos de cuestiones más asociadas a la madurez y el desapego al imperio del ratón como el caso Miley Cyrus, o el mismo Joe Jonas con su DNCE. Esto fue diferente.

Allá por el año 2010 nadie era de esperar que un artista de Disney muestre grandes aspiraciones a otros proyectos. Y me animaría a decir que mucho menos se esperaba de Nick Jonas. Visto desde afuera no era más que el guitarrista y cantante de un grupo de hermanos bonitos enloqueciendo adolescentes con ¿su? música, al mejor estilo One Direction. Pero Nick hizo de las suyas y, aprovechando unas vacaciones de sus hermanos, se juntó con un grupo de talentosos bautizados como The Administration.

Como era lógico, el corte de difusión de ese material fue “Who I Am”, una de las canciones más poperas del disco junto a “Tonight”, el único cover del repertorio. Cuando comenzó a ser explotada en televisión, quienes no estábamos interesados en ese mundo pensábamos “es lo mismo que Jonas Brothers pero con uno solo”. El solo leer “Nick Jonas” en los créditos y ver 5 segundos de video bastaba para imprimir todo el prejuicio y no darle importancia. En mi caso, como tal vez sea el de muchas otras personas, el quiebre se dio mucho tiempo después. La historia fue algo más o menos así.

Un día, cuando navegaba en las curiosas aguas del internet, me topé con una publicación muy interesante. Un músico al que respetaba bastante comparte una canción de Nick Jonas and The Administration, anunciando que la iba a tocar en su muestra final de carrera. Mi reacción fue “¿a este qué le pasa?”. La curiosidad me obligó hacer click en el botón de “reproducir” y ver de qué se estaba tratando la cuestión. “Conspiracy Theory” comenzó a sonar por los parlantes de mi PC y mis prejuicios se destruyeron con la primer nota de guitarra.

La canción es el rock más sensato que escuché en aquella época. El riff inicial demuele lo que se lo cruce con su sonido cálido y su pureza en la ejecución. Tres notas que destapan el comentario “Esto no es Nick Jonas”. Y sí, lo es. El resto que queda por hacer es entregarse totalmente al ambiente y disfrutar un track exquisito donde todo funciona como debe. Niños, ¿quieren aprender a componer rock? Escuchen “Conspiracy Theory” de Nick Jonas.

Tal sorpresa sonora obvio que despierta intriga y eso conlleva a escuchar el resto de la obra. “Who I Am” (2010) es un disco serio, muy prolijo en la producción y con un estilo soberbio. De principio a fin cada canción es una autopista hacia el placer acústico. Las guitarras, bajo, batería y teclados son ejecutados con profesionalismo y coherencia. No sobra ni falta nada. Y Nick, cantando, da cátedra de cómo llevar una buena voz a su máximo esplendor.

Personalmente, es la etapa de Nick Jonas que más me gusta. Y por más que ahora se dedique a hacer otras cosas muy distintas tiene mi respeto asegurado. Con “Who I Am” dejó claro que estaba por encima de muchos “rockeritos” bocones (me incluyo) y que tiene mucha pasta para estar donde está. Agradezco haberme topado con aquella publicación.

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