VIVIERON FELICES… ¿POR SIEMPRE?
Internet y música. Un matrimonio que hoy goza de excelente salud y una envidiable retribución económica. Aunque, desde sus principios, no parecían llevarse muy bien. ¿Cómo fue el recorrido del odio profundo al amor extremo?

Por: Gonzalo Cabri
Quienes hemos experimentado la tecnología de los ‘80/’90 y principios del nuevo siglo recordaremos las dificultades que había para acceder a escuchar determinada banda o canción. Las opciones no eran muchas: o te comprabas el CD o casette, o esperabas a que la radio o televisión pase tu tema de preferencia. Salvo algún alma privilegiada, la mayoría quedábamos a merced de la segunda opción.
Recuerdo, incluso, una tierna anécdota de cuando tenía 10 u 11 años de edad. El síndrome “A jugar con Hugo” (ese videojuego telefónico en el que había que guiar a nuestro glorioso duende al rescate de su familia) era el canal de comunicación más directo entre productores y consumidores. El teléfono fijo era el Twitter de la época y servía tanto para charlar con tu crush (disculpen el lenguaje centenial), organizar una juntada de amistades y, obviamente, para recibir cuanta oferta de productos habida y por haber. Los canales de televisión, ni lentos ni perezosos, tomaron esta herramienta como caballito de batalla y permitían a la audiencia tener su cuota de participación en sus programas.

Cuestión que, en uno de mis canales favoritos de música en aquellos tiempos, cuando verdaderamente se trataban de canales de música, había una programación que reproducía, en formato de ranking, los videos musicales más votados de la semana. Iluso, mi yo infante se dirigió hacia el teléfono y marcó el número correspondiente para dejar su humilde sufragio. La canción que pedí en aquel entonces fue Bad de Michael Jackson. En aquella época mi fanatismo por el rey del pop y una tierna inocencia, propia de la niñez, no me permitía ver que, en realidad, el contacto entre productores y consumidores no se trataba de una democratización de la producción, sino cosa de negocios. Ni me dejaba ver que Michael no pasaba una buena etapa en aquel tiempo por sus problemas judiciales y personales, ni que ya no era moda. Será siempre el mejor artista de la historia, pero hasta para él rigen las reglas de este juego llamado vida.
La anécdota busca reflejar, aunque sea aproximadamente, las dificultades que existían para poder escuchar una canción específica o ver un video musical de preferencia. Y eso que internet ya venía dando algunos pasos, pero también se tornaba un poco engorroso. Primero porque no era que cada casa tenía su servicio de conexión. Eran pocas las personas que podían darse ese lujo. Por eso los ciber-café eran el sitio predilecto de jóvenes y no tan jóvenes. Pero, por otra parte, tampoco es que existía el flujo de datos que hay hoy en día. Cargar un vídeo te podía llevar toda la hora que pediste de uso de la computadora. Con suerte podías pedir que te compartan alguna carpeta de música desde la máquina central, pero tampoco era que te encontrabas con un catálogo extenso y plural. Había lo que había.
La relación internet-música no arrancó del todo bien. La pareja tuvo que hacerle frente a muchos abusos y caprichos que caracterizaban a uno y al otro. A principios de los 2000, un par de muchachitos se encargaron de meterle el dedo en la oreja a un gigante como lo venía siendo la industria musical. La idea de democratizar la escucha no estaba bien vista en aquellos tiempos, pero este primer intento llevado a cabo por Sean Parker y Shawn Fanning puso en discusión cuál debía ser el destino del acceso cultural. Una lucha nada fácil, siendo que la música era el principal bien cultural si de números se trata.
Napster, como decidieron bautizar Parker y Fanning a su bebé digital, se presentó como la primera plataforma p2p (peer-to-peer) del mercado. La idea era brillante y simple a la vez: alguien quería escuchar una canción determinada, accedía a Napster, buscaba nombre de la canción o banda y, automáticamente, la plataforma le conectaba con otros usuarios que tenían el archivo deseado, se descargaba y ¡voila! Ya tenías tu canción lista para escuchar cuando quieras. Muchas plataformas posteriores han tomado esta modalidad. El más conocido, probablemente, sea el famosísimo Ares.

La plataforma siestera (Nap es siesta en inglés. Napster deriva del hecho de que uno de sus fundadores dormía mucho la siesta) empezó a hacer mucho ruido en tan poco tiempo, lo que le trajo algunos inconvenientes legales. Las compañías discográficas, al ver que se estaba generando un fenómeno masivo del que no obtenían ganancia alguna, pusieron el grito en el cielo y cayeron cual rayo a demandar a los jóvenes Sean y Shawn. Y aunque varias personalidades de la industria defendían el hecho de que la difusión de su arte pase de computadora a computadora sin ningún inconveniente, basándose en el hecho de que las compañías discográficas absorbían la mayoría de las ganancias de ventas, otros no lo veían tan cool (este término es bien noventoso, para que no se quejen). Tal fue el caso de Lars Ulrich, baterista de Metallica, que no se bancó que el single “I Disappear”, y gran parte de la discografía de la banda, aparezca en Napster para su descarga libre y gratuita. Todo hubiese resultado bien, sino fuera porque un grupo de radioemisoras pasaran el tema en sus programaciones antes de que la canción se publicara oficialmente. O tal vez todo hubiese resultado igual al tratarse de que 333.435 usuarios ya contaban con la canción que saldría como soundtrack de la película Misión Imposible II. Así empezó todo.
Por la insolvencia de los daños ocasionados, para el 2001 Napster se vio obligado a dormir la siesta por tiempo indeterminado.
Sin embargo, no fue el fin. Ni de Napster, que pasó de manos en manos hasta llegar a fusionarse con Rhapsody como plataforma de música por streaming, ni el fin de la relación internet-música. Como ya se mencionó anteriormente, varias plataformas han sido influenciadas por la lógica de Napster, como Ares, Emule y otras. Compartir música se hizo moneda corriente entre los años 2006 y 2008/09. En ese entonces, la conexión a internet había proliferado en los hogares y se hacía más sencillo y cómodo descargar música a rolete. Para la industria musical argentina, sobretodo para el under, significó un factor clave en el modo de difundir las producciones. Quienes dependían de una productora veían en internet la forma de que su arte llegue al público sin necesidad de ser exprimidos por las grandes empresas musicales, y quienes decidían hacer un camino desde la independencia encontraban un interesante aliado publicitario. Aunque todavía faltaba una vuelta de tuerca para que internet sea el principal soporte de difusión musical.

Con la experiencia de Napster, las grandes compañías musicales seguían viendo con cierta desconfianza la relación con internet. Pero en el año 2006 nacería el hijo prodigio de la música por streaming: Spotify. La empresa de origen sueco tuvo como progenitores a Daniel Ek y Martin Lorentzon y hoy es la plataforma musical más popular alrededor del mundo. ¿Cómo es que Spotify haya logrado unir en santo matrimonio a dos mundos casi irreconciliables?
Sencillo: brindando una extensa biblioteca de música a los usuarios y retribuyendo a las discográficas aliadas. A través del sistema de suscripción, la empresa obtiene ganancias mensuales de parte de los suscriptores. Y a quienes deciden utilizar su versión gratuita se le vende publicidad. Se le ofrece música a la gente y dinero a la industria. Así, a partir del año 2008, cuando se resuelven las licencias correspondientes, la plataforma de música por streaming empezó a caminar a paso agigantado. Hoy en día, con más de 300 millones de usuarios, Spotify logró que internet y música se unan en una alianza casi inquebrantable. ¡Ah, sí! Sean Parker (cofundador de Napster) es uno de sus accionistas.

Al final, todo fue felicidad para esta relación que comenzó torcida y que no daba pistas siquiera de una amistad perdurable. Hoy internet permite saldar deudas como la de aquel niño de 11 años queriendo ver el video de su músico favorito. Y no sólo Bad, sino todas las canciones de Michael Jackson. Y no sólo eso, sino que todas las canciones que quiera. Escribo esto mientras busco una canción en YouTube. Internet y música demuestran que son una relación seria y que viven felices… ¿Por siempre? Hasta ahora todo parece indicar que sí, pero no soy afín a la futurología, así que no me confiaría mucho. Más sabiendo sus orígenes. Lo bueno de internet es que nos provee demasiada información al instante, pero a cambio dejamos mucha información nuestra y eso, en algún momento, puede que estalle en un divorcio crucial entre internet y sociedad. Pero por el momento estamos disfrutando mucho de sus beneficios. Lo único que no me permitió internet, y parece que va a ser una deuda eterna, es que me llamen de “A jugar con Hugo”.
https://www.youtube.com/watch?v=kOZr5mXiqak
