Así suena Edecán
Por Javier Sinay
Una guitarra deja caer unas notas en un espacio abierto y después entran la batería, el bajo y la voz de Alfredo Suhring. Él empieza a cantar “Así eras vos” de a poco, como si la canción necesitara tomar distancia antes de decir aquello que vino a decir. El movimiento del tema va de la espera al recuerdo, y del recuerdo a una forma de invocación. Poco a poco, el sonido gana cuerpo; la voz recuerda a una mujer que fue tormenta, tierra, fuego, libertad, deseo y mundo entero, y la banda crece detrás de esa voz que pronto galopa y, sin embargo, sigue melancólica. Es un comienzo indicado para entrar en el universo de Edecán: rock de guitarras en el que la potencia no cancela la fragilidad y las canciones parecen avanzar por un territorio lleno de restos —amores, noches, bares, errores, heridas— que todavía conservan electricidad.
Este es el primer disco de Edecán y el tercero de Alfredo, que antes grabó dos álbumes al frente de La Machacha. Hay continuidad, pero no hay repetición. La voz sigue teniendo una aspereza reconocible y las letras conservan cierta simpatía con los personajes golpeados, los enigmas sentimentales y las esquinas donde el deseo se confunde con el peligro. Hay grandes invitados, además, como Skay Beilinson, un viejo amigo del grupo, que toca su guitarra (con su sonido clásico y muy reconocible) en “Desprevenido”.
Las ocho canciones del primer disco de Edecán tienen algo de La Machacha, pero presentan a otra criatura. Hasta el nombre de la banda tiene una historia: lo eligió Poli, compañera de Skay Beilinson y amiga de esta banda. Un edecán es alguien que acompaña, que se mantiene cerca, que asiste a otro en su recorrido. En estas canciones, la figura adquiere un sentido ambiguo: nadie sabe del todo si acompaña al que busca una salida o al que está a punto de internarse más hondo en su propio laberinto.
“Carrousel” condensa esa tensión. La canción observa a alguien que desperdicia su magia en alcohol y convierte la vida en una prueba de ensayo y error. “Gira siempre, gira el carrusel”, insiste el estribillo, y la música transforma la repetición en destino. En “Laberinto eterno”, en cambio, el pulso se vuelve más pesado y el amor aparece mezclado con pastillas, alcohol, frío, fotografías cubiertas de polvo y un pasado feroz. No son canciones que expliquen a sus personajes: los iluminan por un instante, como una luz que se enciende en la calle y deja ver una escena antes de apagarse. “Sirenas” se mueve por esa misma noche. Hay bares, una silueta capaz de acabar con alguien, una búsqueda y unas voces que no dejan pensar. El título admite dos amenazas: la seducción de aquello que llama y la alarma de aquello que se acerca.
El disco cambia de velocidad sin abandonar su clima. “Cortando clavos” se apoya en la urgencia y en una frase que vuelve como una orden: no hay tiempo para dudar. “Desprevenido” despliega una narración más sinuosa, hecha de secretos, atracción y sospecha. “Mejor postor” convierte el vínculo amoroso en remate, competencia y resto: besos ofrecidos en un mercado donde alguien siempre termina pagando. Y “Pirañas” lleva esa lógica a su forma más directa. Sobre un riff grave y un avance obstinado, Alfredo canta que “el amor es una trampa cuando vos lo invocás”. La frase podría funcionar como una clave del disco. Aquí el amor nunca es refugio puro: es también una fuerza que muerde, desorienta, vende ilusiones o devuelve a los personajes una imagen que preferirían no mirar.
La mezcla y el mastering estuvieron a cargo de Mario Breuer, una figura fundamental del sonido del rock argentino, que trabajó con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Sumo, Charly García y Andrés Calamaro, entre otros artistas. Su trabajo da unidad a un disco que necesita conservar tanto el golpe como las sombras: las guitarras ocupan el frente, la base sostiene una tensión constante y la voz permanece lo bastante cerca como para que cada canción parezca contada al oído, incluso cuando la banda avanza con todo su peso.
Edecán nace con estas ocho canciones sobre personas que buscan una salida y a veces confunden la salida con otra trampa. Hay en ellas una épica sin héroes, construida con bares, alcohol, recuerdos, noches, deseo y calles; una épica de gente que sigue en movimiento aunque no sepa bien hacia dónde. Alfredo abre una etapa nueva sin desprenderse de las marcas de su recorrido anterior. Este disco no proclama una ruptura: hace algo más difícil. Toma una voz, una tradición y una serie de obsesiones conocidas, las pone frente a una banda nueva y deja que vuelvan a arder. Así suena Edecán: como la música que llega para acompañarnos justo cuando empieza la parte peligrosa del viaje.
